domingo, 18 de marzo de 2012

El proyecto de Givat Ha’viva: acercar comunidades, erradicar prejuicios

Ofer Laszewicki – Tel Aviv

Alumnas del instituto de Baqa al-Gharbiya leyendo un ejercicio en inglés. Foto: Oliver de Ros
“Aunque vivimos pegados unos con otros, nuestras comunidades siempre han vivido separadas. Y esto es lo que deseamos cambiar”, declaró Nazia Masrawa, alcalde de la aldea árabe de Kfar Kara, tras firmar el acuerdo de “Comunidades Compartidas” promovido por el el Centro Educativo Givat Ha’viva con el dirigente del pueblo judío de Pardes Hanna-Karkur. En esta breve cita, Masrawa se hace eco de un caso que se puede extrapolar al resto de la sociedad israelí: la escasa o nula interacción entre judíos y árabes, que viven juntos en el mismo territorio pero rehuyen el contacto directo, en muchas ocasiones influenciados por los miedos y los prejuicios establecidos y porqué, pese a tener raíces muy cercanas, tienen tradiciones y formas de vida muy distintas.

La población árabe con residencia en el Estado hebreo conforma alrededor del 20% de la población. Generalmente, prefieren definirse como “palestinos con ciudadanía israelí”: en su mayoría son familias que decidieron permanecer bajo las fronteras del recientemente fundado Estado de Israel tras la Guerra de la Independencia, que para los palestinos supuso la “Nakba” (día de la catástrofe). Pese a que sobre el papel gozan de los mismos derechos que sus conciudadanos judíos –acceso a educación pública, sanidad, una situación económica estable, representación política en la “Knesset” e incluso un juez en la Corte Suprema, Salim Joubran-, muchos sienten que son discriminados por el Estado en diversos aspectos. “Cuando salgo al extranjero con mis compañeros judíos, soy al único al que detienen y no paran de preguntar porqué viajo”, exclamó Farhat Agbaria, educador del centro, durante un discurso público a un grupo de estudiantes alemanes en la librería de Givat Ha’viva. Las dificultades las encuentran sobre todo al pedir permisos de construcción de nuevas viviendas, que no suelen recibir. Por ello, muchas casas se construyen ilegalmente: el panorama de los poblados árabes suele estar plagado de construcciones grises e incompletas, amontonadas y desordenadas, que se construyen poco a poco según las posibilidades de cada familia.

Su principal inconveniente, no obstante, es la ausencia de elementos o insignias con las que identificarse con el estado hebreo. De hecho, el juez Joubran  fue noticia recientemente por ello: se negó a levantarse y cantar el himno nacional en la ceremonia oficial de despedida de la anterior presidenta de la Corte Suprema, Dorit Beinisch, ya que como muchos de los suyos no se siente representado por la narrativa sionista que contiene el himno. Otro importante factor divide a ambos segmentos de población: los árabes no están obligados a servir en el ejército y, solo en contadas ocasiones, se han dado casos en que se han ofrecido voluntariamente para enrolarse en las fuerzas armadas.

En la región del valle de Wadi Ara –situada entre Hadera, Afula y fronteriza con Cisjordania- hay una gran presencia de pueblos y ciudades árabes que, en el pasado más reciente, protagonizaron importantes incidentes. Por ejemplo, la ruta 65, ubicada en el corazón del valle, fue cortada varios días al inicio de la Segunda Intifada porqué jóvenes de la urbe de Um al-Fahm apedrearon vehículos de israelíes que circulaban por la carretera. O el cruce de Megido, que alberga un monumento en recuerdo a las diecisiete personas que perdieron la vida a causa del terrorista palestino que cruzó sin problema alguno a territorio hebreo y se inmoló en un autobús de la compañía Eged.  Es precisamente en esta conflictiva área donde está ubicado el Campus de Givat Ha’viva, que desde hace décadas lleva realizando un importante trabajo sobre el terreno para acercar posiciones entre comunidades que, pese a vivir codo con codo, apenas se conocen.

Givat Ha’viva se fundó en el 1949, poco después del nacimiento de Israel, y adoptó el rol de Centro Educativo Nacional del Movimiento Kibbutziano. El campus fue bautizado en honor a la combatiente judía eslovaca Haviva Reik, que tras emigrar a lo que sería el futuro Estado hebreo, volvió a Europa para unirse al ejército británico durante la II Guerra Mundial y luchar como paracaidista en la retaguardia de las tropas nazis, además de ayudar a la resistencia judía en Checoslovaquia. En sus inicios, empezó funcionando como un centro educativo, pero ya en los sesenta empezó a redefinirse y adoptar un papel destacado en la lucha por la convivencia y la integración de árabes y judíos, en una época agitada por las múltiples contiendas entre Israel y los países colindantes. “Estuvimos en la primera línea de la lucha para acabar con el gobierno militar que impedía la libre circulación de los árabes dentro de Israel”, recuerda Riad Kabha, director del Centro Judío-Árabe por la Paz, uno de los organismos esenciales del campus.

Amram Etti y Lydia Aissenberg debatiendo. Foto: Oliver de Ros
 La actividad de Givat Ha’viva se divide en múltiples proyectos, llevados a cabo en distintos lugares y bajo distintos métodos de dirección. Uno de los platos fuertes se concentra en el Centro de Arte, dirigido por la maestra judía Amram Etti. En los últimos años, la institución inició con éxito el proyecto “A través de los ojos del otro”: un curso intensivo de fotografía que une cada año a niños árabes y judíos de escuelas del distrito. No hay que olvidar que, pese a escasas excepciones, la educación de ambos sectores de población está totalmente separada, y solo coinciden en las aulas de las facultades universitarias los que prosiguen con sus estudios. Según Etti, esta iniciativa permite “empezar a forjar puentes”, ya que los participantes aprenden, cámara en mano, desde el mismo punto de partida: sin diferenciaciones y con los mismos derechos para mejorar su técnica fotográfica.

Aún así, la actividad no se limita a darle al “clic”. El objetivo es ir más allá: que los padres también se involucren y se empapen del espíritu integrador del curso. Por ello, los participantes “entran en las casas de sus compañeros” para presenciar con sus propios ojos como viven “los otros”. A raíz de esta idea, se inició también un curso intensivo de cortos cinematográficos, que en una semana aportan a los participantes las herramientas necesarias para realizar una breve cinta sobre la rutina diaria en los pueblos de Wadi Ara. El ambiente de fraternidad que se creó propició que la última promoción viajara a Nueva York “como un solo grupo homogéneo” para hacer un campus intensivo. De hecho, muchos mantienen su amistad desde entonces e, incluso, existen dos parejas mixtas surgidas tras el periodo de convivencia.

Lydia Aissenberg. Foto: Oliver de Ros
En el proyecto, no obstante, existe un segundo grupo diferenciado, formado exclusivamente por mujeres. Lydia Aissenberg -educadora del centro y periodista- lo justifica porqué “las mujeres árabes se sienten reprimidas en sus casas. Ante la presencia de hombres, no se sienten en libertad para expresar sus inquietudes, y por ello decidimos crear un grupo exclusivo para mujeres árabes y judías”. Para muchas de ellas, es la primera vez que exteriorizan sus sentimientos con libertad, echo que queda plasmado en sus instantáneas: se nota que tienen un enfoque íntimo, detallado y personal, con una perspectiva claramente diferenciada de la de los miembros masculinos del otro grupo. Lo mismo ocurre la primera vez que ponen las manos sobre el barro en el taller de cerámica del centro, en el que pulen bellos jarrones sin tener experiencia previa en la materia. No obstante, una de las iniciativas más efectivas es el taller de cocina. En este terreno, la mayoría de mujeres se desarrollan con soltura y la interacción existe desde el primer encuentro. “Es increíble. Ver como se meten juntas en las cocinas, intercambian sus trucos y rápidamente establecen un potente vínculo emocional. De hecho, próximamente publicaran un libro con sus recetas”, cuenta con orgullo Etti.

Maestro del taller de cerámica de Givat Ha'viva. Foto: Oliver de Ros

La creación artística, como el resto del país, se ve truncada cuando la tensión y la guerra asoman. La última gran contienda bélica, la Operación Plomo Fundido en la Franja de Gaza –que costó la vida de más de un millar de palestinos y trece israelíes-, sacudió la rutina del centro. Cuando el ejercito israelí empezó la dura ofensiva sobre la Franja tras el continuo lanzamiento de proyectiles por parte de las milicias palestinas, los maestros organizaron un debate para analizar los hechos. Y fue desolador. Nadie se atrevía a hablar. Reinaba el silencio en el aula. El miedo a un enfrentamiento dialéctico se hacía patente. El primer sonido que se escuchó fue el llanto de una niña árabe que acababa de perder un amigo suyo en Gaza tras el bombardeo. Aissenberg, que tenía a uno de sus hijos destinado en un comando especial del ejército participando en la misión, tampoco sabía que decir. Simplemente, abrazó con fuerza a la niña y empezaron a llorar juntas.

Trazado de la barrera de separación cerca de Barta'a. Foto: Oliver de Ros
A su vez, Aissenberg suele organizar constantes visitas guiadas por la zona donde está construida la barrera de separación entre Israel y Cisjordania, que sirven para presenciar en directo el recorrido original de la “Línea Verde”, las tierras anexionadas por Israel tras su implementación y algunas anomalías surgidas desde entonces. Como el pueblo árabe de Barta’a, dividido por el trazado original de la línea de armisticio y con administraciones diferenciadas: la parte oeste bajo responsabilidad israelí; la este gobernada por la Autoridad Nacional Palestina  (ANP) en la “área B”. Curiosamente, La zona este de Barta’a está bajo mandato de la ANP pero ha quedado situada al oeste del muro, en territorio israelí, por lo que cualquier ciudadano puede acceder libremente. De echo, Barta’a ha pasado a ser  por este motivo un bazar con grandes gangas: las tiendas de segunda mano se amontonan, los vendedores ambulantes se abalanzan sobre los visitantes, los restaurantes suelen estar llenos y el tráfico humano y de vehículos es abrumador.

LA PRIMERA ESCUELA DE ÁRABE PARA ALUMNOS JUDÍOS EN ISRAEL
Givat Ha’viva alberga la escuela de lengua árabe más antigua de Israel, fundada en 1963, en la que participan conjuntamente alumnos judíos y gente procedente de todo el mundo. La premisa que la rige es que no es compatible aprender la lengua si no se complementa con una interacción directa con su cultura y sus gentes. Por ello, se creó el “Semestre de Árabe Intensivo”, en el que sus participantes acuden una vez a la semana al instituto de secundaria de la ciudad árabe de Baqa al-Gharbiya. El instituto está fuertemente influenciado por el Islam conservador, tendencia mayoritaria en la urbe. Las jóvenes van debidamente cubiertas, los muchachos siempre van vestidos de largo y se pide a los visitantes que respeten su indumentaria. La influencia religiosa no es incompatible con su reconocida enseñanza de calidad: el instituto es uno de los más prestigiosos de la región y ofrece avanzados cursos en ciencia, tecnología, matemáticas o inglés. Además, en los pasillos se respira un ambiente alegre y dinámico, y sus alumnos muestran gran interés por las constantes visitas de foráneos.

Profesora y alumna en los pasillos del instituto de Baqa al-Gharbiya. Foto: Oliver de Ros
El objetivo de la visita de los alumnos del curso es mantener un contacto directo semanal con jóvenes árabes. De este modo, ponen en práctica lo que aprenden en el día a día y, además, intercambian impresiones sobre música, cultura o, simplemente, vivencias personales. Se organizan en las aulas pequeños corros en los que cada participante se rodea de varios estudiantes árabes y empieza el diálogo. Además, sirve para que sus interlocutores locales pongan en práctica su inglés. Gallit Kellner, una de las responsables del programa, considera que “es esencial, porqué el árabe escrito y el hablado son muy diferentes, y de lo contrario no serían capaces de ponerlo en práctica fluidamente”. Este es el rasgo diferencial de su programa, ya que de hecho la lengua árabe se puede estudiar en las grandes facultades de Haifa, Tel Aviv o Jerusalén, pero únicamente a nivel escrito. “Al no ser una universidad, podemos hacer cosas poco ortodoxas”, refiriéndose a su atípico plan de traer a sus alumnos al instituto.

La escuela de árabe de Givat Ha’viva también mantiene un elemento diferencial desde sus inicios, ya que los profesores son árabes. Este fenómeno es casi único,  porqué normalmente, los judíos que aprenden la otra lengua son enseñados por un profesor hebreo; sucede lo mismo con los árabes que aprenden hebreo, normalmente enseñados por un profesor de su misma condición. En la escuela se establecen diferentes cursos para los múltiples sectores población inscritos: doctores, funcionarios, trabajadores sociales, guardias forestales o guías turísticos, entre otros. En general, estos oficios requieren un buen nivel de árabe por su necesidad de trabajar de cara al público.

Kellner, judía de origen yemení, aprendió árabe durante su servicio militar, ya que estuvo destinada en una unidad de inteligencia del ejercito israelí. Se dio cuenta de que las lenguas guardaban muchas similitudes y, en su opinión, le hizo comprender “que somos prácticamente la misma gente, con intereses similares, idénticas necesidades y sueños compartidos”. Cree que el aprendizaje de la lengua árabe le sirvió para acercarse y conocer al otro pueblo y certificar que “no son solo el enemigo”. Como dato curioso, apunta que antes de la Primavera Árabe muchos estudiantes extranjeros optaban por estudiar la lengua arábiga en países como Egipto o Siria, ya que consideraban que venir a Israel “era peligroso”. Tras los recientes sucesos y la incesante violencia que vive la región, el número de solicitudes para sus cursos ha aumentado considerablemente.

DOCUMENTACIÓN CLAVE PARA ENTENDER EL CONFLICTO

Ejemplar original del "Palestin post" de 1948. Foto: Oliver de Ros

Uno de los rincones más interesantes del campus es la “Peace Library”. Renovada en el 2001, contiene múltiples libros, documentos, estudios y audiovisuales que explican los incontables factores que han condicionado el conflicto y la convivencia entre ambos pueblos. Entre tal marabunta de contenidos, hay una colección que llama especialmente la atención: el extenso archivo de ediciones originales del “Palestine Post”, diario árabe del siglo pasado. Sus números se almacenan en decenas de cajas de cartón viejas, y sus páginas amarillentas y sus desgastadas fotografías recogen múltiples acontecimientos de la rutina de la Palestina británica de los años 30 y 40 y la posterior creación del Estado de Israel. David Amatai, responsable de la librería, define la colección como “la herencia palestina, que refleja la expansión del sionismo y la interacción entre las dos comunidades, así como la cooperación que existía en ámbitos como la cultura, la educación, el arte o, simplemente, la cotidianidad”. El legado que albergan estas páginas es tan valioso que propició la visita del director de la Oficina de Información de la Autoridad Nacional Palestina, que a su vez sirvió para “iniciar una conversación sobre posibles campos de cooperación mutua”.

En el campus de Givat Ha’viva existe también un prestigioso espacio de investigación sobre el Holocausto, así como otro edificio dedicado al estudio del Movimiento Kibbutziano. De hecho, es complicado citar en un mismo relato todos sus ámbitos de actuación, pero su meta final acaba siendo la misma: promover la coexistencia y la paz en todo el territorio. La paciencia de sus integrantes es, en ciertos casos, admirable. Como la de Lydia Aissenberg, que recibe con los brazos abiertos constantemente a grupos de estudiantes, activistas o periodistas del extranjero y explica con detalle su historia personal –marcada por el antisemitismo que la forzó a huir de su Gales natal- y la perseverante actividad de Givat Ha’viva. Por su incombustible tarea, el centro recibió en 2001 el premio UNESCO por la Paz y, pese a que la resolución del conflicto está actualmente en un punto muerto, sus integrantes siguen creyendo en la importancia de “empezar por pequeños cambios para mejorar las cosas”.

sábado, 10 de marzo de 2012

Combatants for Peace: el diálogo como única arma para la lograr la paz entre israelíes y palestinos

Ofer Laszewicki – Jerusalén

Udi Gur explicando a los asistentes las consecuencias de la ocupación cerca de Belén. Foto: Oliver de Ros

Tras darse cuenta que el ciclo de violencia y el espíritu de venganza que impregna el conflicto entre israelíes y palestinos solo servía para agravar aún más el odio y el distanciamiento, hombres y mujeres de ambos bandos decidieron unirse, eliminando miedos y prejuicios, para iniciar una lucha pacífica y concienciar a los suyos de lo necesario que es lograr la paz definitiva. Son los “Combatants for Peace” (CFP), una ONG formada por personas que han vivido, participado y respaldado el uso de la violencia y que, tras comprobar de primera mano sus dramáticas consecuencias, abandonaron el uso de las armas. Unos la vivieron como jóvenes soldados involucrados en disturbios, detenciones, represión en manifestaciones o protegiendo a colonos en los Territorios Ocupados; otros, como miembros de las milicias palestinas lanzando piedras, cócteles molotov y, en algunos casos, planeando atentados terroristas contra civiles en territorio israelí.

Sus reivindicaciones básicas son claras: detener la espiral de violencia, poner fin a una ocupación que condena al pueblo palestino a unas condiciones de vida insostenibles, la creación de un Estado Palestino en las fronteras previas al 1967 con Jerusalén Este como capital y, fundamentalmente, extender el mensaje entre ambas sociedades de que la lucha no violenta es, en su criterio, la única opción para lograr estos objetivos. CFP se fundó en 2005 y, desde el principio, quiso constituirse como una organización binacional. Como era de esperar, el primer contacto entre ex soldados y antiguos milicianos no iba a ser fácil. “ La primera vez que me reuní con CFP no estaba confiado. Cuando crucé la línea verde sin el jeep militar, temía por mi vida. He estado educado creyendo que los palestinos pasan todo el tiempo montando bombas. Además, me di cuenta que ellos también estaban asustados, ya que según me contaron creían que era de los servicios secretos”, relata el ex soldado Zohan Shapira en su historia sobre los motivos que le empujaron a unirse a la organización.

Para propagar su ideario, CFP organiza constantemente actividades para públicos diferentes. Los denominados “house-meetings”, encuentros en casas particulares o locales para fomentar el diálogo entre israelíes y palestinos; lecturas públicas en universidades y escuelas y talleres de trabajo para conocer al detalle las distintas narrativas del conflicto; estableciendo “grupos mediáticos” para que su mensaje influya en ambas sociedades y en el resto del mundo; y visitas cuidadosamente preparadas para profesores, estudiantes, activitas o periodistas en distintas áreas de los territorios ocupados (Belén, Nablus y Jerusalén Este principalmente), que acaban suponiendo la mejor herramienta para que israelíes y extranjeros comprueben con testimonios directos las consecuencias de la separación, la ocupación y la creciente colonización en Cisjordania.

Muro que separa la colonia de Har Gillo de al-Walajah. Foto: Oliver de Ros
En una de estas expediciones en el área rural entre Jerusalén y Belén, tuve la ocasión de conocer a Sheerin Alaraj, componente palestina de CFP con residencia en la aldea de al -Walajah, en la que según cuenta se concentra “todo lo que oís” sobre la ocupación: el enorme muro de hormigón se erige ante su jardín, tiene a pocos minutos uno de los “checkpoint” más conflictivos y restrictivos de la zona, un asentamiento de colonos a tiro de piedra, manifestaciones de activistas todos los viernes y, por supuesto, muchos momentos de violencia y tensión. Su historia personal es chocante: su familia tuvo que vivir en una cueva durante doce años tras ser expulsados de su casa y tuvieron que pasar un arduo proceso judicial para finalmente lograr una vivienda.

En poco tiempo, el muro de separación acabará aislando su aldea del resto de las áreas por las que pueden circular palestinos, por lo que las consecuencias económicas y humanas se prevén “desastrosas”. “Si se hubiera construido sobre la línea verde, no me importaría, ya que es vuestra tierra”, comentó llena de rabia y dolor tras mostrar diversos terrenos privados de palestinos anexionados por Israel tras la construcción del muro. “Si todo este dinero –refiriéndose a la enorme inversión económica llevada a acabo para construir carreteras separadas, muros, túneles y nuevas viviendas- se dedicara a territorio israelí o a iniciativas de paz no sabéis todo lo que ganaríais”,  afirmó ante la mirada atenta y silenciosa de un grupo de profesores y estudiantes judíos.

Sheerin Alaraj mostrando las obras que se están llevando a cabo en la casa de Omar. Foto: Oliver de Ros

Alaraj cree que los Acuerdos de Oslo “es lo peor que pudimos aceptar, ya que supusieron un proceso de colonización que parece no tener límites”. A su vez nos contó el caso de Omar, veterano residente de las afueras de la aldea que, en breves, vivirá rodeado por un muro que rodeará su casa y que, según cuenta, costará cerca de cinco millones de shekels, casi un millón de euros. Además, se tendrá que construir un túnel para conectarlo con el pueblo y así evitar el contacto con los colonos que viven a pocos metros. “Este muro no servirá para nada, por esa parte hasta se podrá saltar”, exclamó con indignación. A pesar de las penurias vividas, Alaraj muestra un gran respeto por la experiencia del pueblo judío, “que tras 3.000 años de persecución y aniquilación logró reagruparse en su tierra natal”. No obstante, matizó que no puede celebrarlo mientras siga existiendo la ocupación sobre su pueblo y su gente.

El hijo de Omar ante el trazado original de la línea verde. Foto: Oliver de Ros
Poco después se celebró en el Hotel Everest, en la misma región, un coloquio entre los miembros palestinos e israelíes conjuntamente con los participantes de la expedición. El palestino Raied Atiya tomó la palabra para explicar su experiencia. En su día perteneció a una familia rica con tierras, tractores y un espacioso hogar. Al perder sus pertenencias tras la ocupación, su familia se estableció en un campo de refugiados. “Tras oír las historias de mi padre, empecé a odiar profundamente a todos los israelíes”. Por ello, a principios de los ochenta se unió a la juventud de Al Fatah y, en la Primera Intifada, “fui el primero en luchar contra los soldados, los colonos y los civiles. Por ello, pasé a estar en la lista de los más buscados y el ejercito israelí me persiguió constantemente”.

Pasó cinco años de pena en prisión. A su salida, empezó a involucrarse en proyectos educativos, pero cuando estalló la Segunda Intifada se metió de nuevo en la lucha armada y volvió a ser encarcelado. Entre los años 2003 y 2005 nació la corriente de la resistencia popular no violenta y se unió progresivamente. Para Atiya comunicarse con israelíes “era cruzar una línea roja”, pero un hecho cambio su percepción: durante una marcha empezaron los disturbios, le empezaron a golpear pero rápidamente se formó un cordón humano a su alrededor para protegerle. Pensó que serian europeos, pero al preguntar sus nombres y ciudades de origen, muchos procedían de Haifa, Tel Aviv y demás ciudades del otro lado del muro. Al principio dudaba si eran infiltrados o no, pero empezó a verlos con asiduidad en las protestas semanales en Bi’lin. “Me hizo repensar todo lo que creía hasta entonces, fue un paso muy difícil”, contó con tono emotivo. Aceptó unirse a CFP y dejar atrás su pasado violento. Poco después, empezó a comprender la narrativa del otro bando: “Conocí las consecuencias del holocausto desde un punto de vista radicalmente diferente, de un judío que perdió toda su familia. Entonces comprendí su sufrimiento como pueblo y porqué tienen tanto miedo por su futuro”.

Raied Atiya explicando sus vivencias ante la atenta mirada de una mujer israelí. Foto: Oliver de Ros

En el debate, no obstante, saltaron a la vista las distintas percepciones existentes sobre el conflicto y las actividades de CFP. Uno de los asistentes preguntó porqué no se manifestaban contra los continuos lanzamientos de proyectiles desde la Franja de Gaza contra territorio israelí del mismo modo que si hacen constantemente contra la ocupación. Udi Gur, uno de los ex soldados y organizador de la visita, contestó que “nosotros nos oponemos a todo tipo de violencia. Cuando ocurrió los sucesos de Itamar –en que  cinco miembros de una familia de colonos fue asesinada a cuchillazos por palestinos-, enviamos una carta pública de repulsa. Pero considero que Israel está en una posición de poder sobre los palestinos y la violencia en  el área de Gaza es en parte respuesta a eso” argumentó Gur ante la mirada recelosa de algún asistente.

Las diferencias también se hicieron patentes en la visibilidad que tienen las iniciativas pacifistas en ambas sociedades. Una asistente expresó su alegría al conocer los testimonios de los palestinos que abandonaron las armas, pero se lamentó de que “solo os escuchó a vosotros, y no sé si sois muchos o no. A nosotros nos acostumbran a llegar los mensajes de aquellos que quieren destruirnos”. Nafe Issa, ex combatiente palestino, afirmo “que a nosotros nos pasa igual. La mayoría de lo que oímos y vemos son mensajes agresivos de Netanyahu o Lieberman, soldados, colonos y checkpoints. Pero te aseguro que cada vez hay más gente que cree en la vía pacífica, tratamos de concienciar a los jóvenes ya que ahora tienen la posibilidad de conocer a israelíes y sentirse más cercanos”, concluyó. Finalmente, las leves discrepancias se endulzaron con un delicioso “knafe” (dulce árabe), un poco de café y un caluroso saludo entre todos los presentes.

La reconversión del idealismo socialista de los Kibbutz israelíes

Los Kibbutz –pequeñas comunidades agrícolas e industriales de inspiración socialista- supusieron en el pasado uno de los elementos fundamentales para la creación y desarrollo del Estado de Israel. Fueron claves para acoger y dar empleo a los recién llegados, fijar las fronteras del país y formar prestigiosas unidades de las futuras Fuerzas Armadas. Actualmente, tras sobrevivir a una profunda crisis económica y de valores, siguen adelante con diversos sistemas gracias a un proceso de readaptación a los nuevos tiempos.

Empleado de la industria siderúrgica del Kibbutz Ginnosar. Foto: Oliver de Ros

Ofer Laszewicki – Tel Aviv

“Recuerdo cuando Gorbachov vino de visita al Kibbutz Ein Gedi. En principio iban a ser tan solo veinte minutos, pero acabaron siendo más de tres horas. Fascinado, dijo al final: esto es precisamente lo que queríamos hacer”. Con estas palabras, Muki Tsur, prestigioso historiador y ex secretario del Movimiento Kibbutziano, explicó a un servidor una de las múltiples anécdotas que sirven para entender un modelo de socialismo real llevado a la práctica, a diferencia de las políticas autoritarias perpetradas bajo una etiqueta similar en distintos rincones del planeta.

Los pioneros del movimiento, jóvenes sionistas y profundamente idealistas llegados a principio de siglo XX, creyeron que el establecimiento de una estricta política comunitaria era la solución adecuada para crear los cimientos del futuro estado que tanto soñaban. Así, en 1910, se fundó la primera comunidad en el norte de Israel, Degania, creada gracias a la sangre, sudor y lágrimas de gente que logró establecer áreas de cultivo y aprender a defenderse en una región hostil. Desde entonces, y en diferentes periodos de tiempo, se fueron estableciendo nuevos kibbutzim –hoy existen 273- a lo largo y ancho del territorio, la mayoría en zonas deshabitadas y poco adecuadas para el cultivo. Sus miembros procedían, en su mayoría, de movimientos sionistas de la diáspora, con la meta de establecer una sociedad equitativa y justa y con la predisposición a trabajar para el crecimiento de la comunidad.

Muki Tsur, ex secretario del Movimiento Kibbutziano. Foto: Oliver de Ros
Pese a las especificidades de cada caso, la mayoría de Kibbutzim están formados por múltiples casas unifamiliares, escuelas y guarderías propias, comedores públicos y, dependiendo del caso, refugios comunes. A su alrededor, se extienden hectáreas de tierras de cultivo, granjas, invernaderos, fábricas y almacenes. Anteriormente, todos los miembros de la comunidad trabajaban únicamente dentro de la misma y todos los beneficios eran destinados a un fondo común. La gestión y las decisiones se tomaban en asambleas generales, que en ocasiones suponían largas discusiones interminables. Únicamente recibían dinero extra para necesidades imprescindibles, ya que todos los servicios estaban subvencionados. Los niños vivían durante la semana en un colegio internado, las comidas se servían a ciertas horas en los comedores e, incluso, la ropa era compartida en los inicios. De echo, Muki Tsur conserva la etiqueta con su nombre en la camisa que viste, uno de los primeros momentos en que un bien común pasó a ser privado. Explica con humor lo extraño que se le hacía a una familia alemana rica ceder todas sus prendas lujosas para que las vistieran otros.

Según Manolo Topel -investigador de la evolución de la historia de los Kibbutzim del centro de documentación de Yad Tabenkin, en Ramat Ef’al-, en los años veinte la mayoría de la población no creía en la viabilidad de este proyecto comunitario. Se trataba de poblados muy cerrados y distanciados de las urbes nacientes, con sistemas de producción y funcionamiento radicalmente diferenciados del resto. No obstante, tras un periodo de constantes hostilidades por parte de la población árabe autóctona, empezaron a hacerse fuertes y su prestigio empezó a extenderse. De echo, en el seno de estas comunidades nació el Palmach, una unidad militar fundamental de las milicias judías en la que militaron personajes como Moshe Dayan, Ygal Alón o el Primer Ministro asesinado Ytzak Rabin, entre otras múltiples personalidades influyentes del estado hebreo. Topel afirma que pasaron a ser un “ejemplo” desde entonces y llegaron a albergar un 7% de la población total de Israel. También tomaron el rol de defender y establecer las futuras fronteras del país. Además, ejercieron una labor clave en la acogida de los judíos que huían desesperadamente de las barbaridades del régimen nazi en Europa.

Poco después de la consolidación del estado, varios factores de distinto grado empezaron a torpedear el modelo establecido. Con la llegada de las olas de inmigrantes judíos procedentes de los países árabes, el presidente Ben Gurion exigió que los Kibbutz contrataran “asalariados” de fuera, en un intento de extender una “política estadista y unificadora”. Además, Topel afirma que la “gente de abajo lo quería hacer más liberal”: recibir diarios que no fueran exclusivamente del Movimiento, poder disfrutar de las comidas en casa o lograr que los niños durmieran en sus hogares. Esto se logró, tal como explica satíricamente Tsur, “gracias a Sadam Hussein”. Por el temor a que el dictador iraquí bombardeara Israel, familias de cuarenta Kibbutzim tomaron a sus hijos de los internados y el ejemplo se extendió rápidamente.

Camionero en el Kibbutz Ha'Hoterim. Foto: Oliver de Ros

A su vez, surgió un cierto individualismo que dificultaba el mantenimiento del modelo estrictamente igualitario. Por ejemplo, Ricardo Trumper, del Kibbutz Ha’Hoterim –ubicado en la periferia de Haifa- es profesor de Física, ha ejercido de director de una escuela y profesor de universidad y durante ciertos periodos ha combinado oficios que le ocupaban casi toda la jornada. A pesar de su enorme esfuerzo, recibía un beneficio poco diferenciado al de un jornalero o “alguien con pocas ganas de trabajar”. Otro caso explica la inevitable introducción de la propiedad privada: hasta los inicios del presente siglo, solo podían disponer de vehículo propio en Ha’Hoterim los miembros con cargos relevantes. Un día, un particular decidió entrar con su coche recién comprado y, desde entonces, se abolió la norma.

Hubo un momento histórico que marcó un antes y un después: el ascenso de la fuerza derechista Likud al poder en el 1977. Hasta la fecha, Israel estaba gobernado por el Mapai –más adelante denominado Partido Laborista-, que mantenía una relación favorable con el Movimiento Kibbutziano. Desde la llegada de Menachem Begin, los asentamientos en los territorios ocupados ganaron protagonismo y el contacto con el gobierno pasó a ser prácticamente inexsitente. A su vez, el país vivió una profunda crisis económica y una enorme inflación que los Kibbutz no pudieron soportar. Se vieron obligados a pedir créditos a los bancos, que según Tsur, “no entienden de ideología socialista”, y se deuda alcanzó cifras astronómicas. Topel define el panorama a mediados de los ochenta como una “situación terremoto”: las cooperativas de producción formadas entre varias comunidades se desmoronaron, la deuda las ahogó y su potencial de producción quedó bajo mínimos.

La "situación terremoto" cambió el modelo productivo del Kibbutz Ha'Hoterim. Foto: Oliver de Ros

Como era previsible, la “influencia del mundo exterior” era cada vez mayor y los jóvenes se empezaron a sentir atraídos por un estilo de vida urbano en detrimento del trabajo agrícola e industrial clásico. La globalización, definitivamente, creó más oportunidades y necesidades difícilmente asumibles por el modelo comunitario. Como explica Tsur, un joven vecino suyo propuso que quería recibir una paga extra para comprarse un violín y ser músico. “¿Cómo establecíamos que eso era una necesidad o no?”, cuenta con un cierto tono crítico. Obviamente, la solución más fácil era salir a la ciudad, trabajar por cuenta propia y gozar de las necesidades y caprichos de uno mismo libremente.

Técnicos de una granja del Kibbutz Ginnosar. Foto: Oliver de Ros
Todas estas dificultades cambiaron drásticamente la concepción del modelo tradicional y obligaron a introducir cambios para evitar un final precipitado de muchas comunidades. El Comité Ben Rafael, formado por el profesor Eliezer Ben-Rafael y diversos investigadores y historiadores del Movimiento, redefinió el concepto de los Kibbutz, dividiéndolos en tres ramas distintas. En primer lugar, los Kibbutz Colectivos, que son los que lograron afrontar con solvencia la crisis económica gracias a sus potentes industrias que les reportaban cuantiosos beneficios. Por ello, siguen con el mismo funcionamiento que antaño, ya que disponen de fondos suficientes para ello. Es el caso, por ejemplo, del Kibbutz Mishmar Ha’emek, cercano a la ciudad de Afula. La industria plástica Tama, con sede en diversos lugares del planeta, ayuda en gran parte a mantener su buen status económico. Lidya Aissenberg, periodista, educadora social y veterana de la comunidad afirma que “gracias al mantenimiento de éste modelo puedo seguir con mis proyectos educativos, que en realidad me aportan muy pocos beneficios. Pero el valor de mi tarea va más allá del dinero, sirve para mantener vivos los valores tradicionales del Kibbutz de educar a las nuevas generaciones”.

La segunda modalidad son los denominados Kibbutz Renovados, que conforman la gran mayoría. Debido a su debilidad financiera, se eliminaron los subsidios de todas las necesidades básicas y cada familia pasó a hacerse cargo de sus cuentas. Generalmente mantienen hectáreas de cultivo o pequeñas industrias, pero no son suficientes para cubrir todo el gasto. La única herencia estrictamente comunitaria que mantienen es la denominada “cuota de seguridad”: cada individual aporta un 10% de su salario para un fondo común que sirve de seguro por si algún miembro sufre una mala situación económica. El hecho de cada miembro pasara a controlar su dinero propicio situaciones curiosas como la de Irene Melikovsky, del Kibbutz Mishmar Ha’Negev (Beer Sheva), quien afirma que “aprendí a hacer cheques y facturas tan sólo cinco años atrás. Antes no hacías absolutamente nada relacionado con las cuentas”. Por último, se empezaron a extender recientemente los Kibbutz Urbanos, pequeñas comunidades cercanas a las grandes urbes que básicamente dedican su actividad a tareas de educación social.

Ganadero ordeñando una vaca de la granja del Kibbutz Ginnosar. Foto: Oliver de Ros

Todas estas modificaciones generaron a mediados de los noventa distintas tesis y posibles soluciones sobre como afrontar la difícil subsistencia del modelo socialista en el seno de una sociedad plenamente occidental y capitalista. Ben-Rafael definió en su libro “Revolución no total” tres preguntas que debía responder todo “kibbutznik” (miembro de un Kibbutz) para definir adecuadamente el carácter de su comunidad: ¿donde está el límite entre el hombre individual y la comunidad?, ¿que tipo de empresa somos? y ¿qué relación queremos con el exterior?.

Plantación de plátanos del Kibbutz Ha'Hoterim. Foto: Oliver de Ros
Topel se mantiene reacio a definir todos estos cambios como una “privatización generalizada, ya que de hecho no es eso. Las empresas no se vendieron y, pese a todos los contratiempos, todos los Kibbutz siguen en pie”. Las modificaciones generales que en su criterio se han producido en el modelo de gestión de las tres modalidades se resumen en un cambio de sistema directivo, que se basa en un grupo de tecnócratas especializados en cada campo en lugar de la asamblea multitudinaria tradicional; la privatización del trabajo y la educación, ya que “se recibe dinero de fuera”; y la desaparición de “la muralla con el exterior”, que se entiende con ejemplos como que jóvenes de fuera vienen a las escuelas o las piscinas de los Kibbutzim.

Curiosamente, en los últimos tiempos se está produciendo una tendencia inversa a la que propició el declive demográfico de los años ochenta en los Kibbutzim. Algunos jóvenes que en su día salieron a vivir a la ciudad están volviendo a sus lugares de origen, y en varios casos, como en Mishmar Ha’emek o Mishmar Ha’Negev, se están construyendo nuevas urbanizaciones dentro de la comunidad para acoger a las oleadas de “nuevos vecinos” que se instalarán. A su vez, sigue existiendo el interés de jóvenes de alrededor del mundo para pasar unos meses en el Kibbutz y aprender a trabajar según su metodología en la agricultura, la ganadería o la industria. Es el caso del italiano Andrea, quién vino para trabajar durante dos meses en una comunidad cercana a Eilat.

Y, en algunos casos, la convicción por mantener vivo el espíritu del Movimiento ha llevado a algunos jóvenes a formar grupos de estudio para debatir y proponer nuevas ideas con la intención de trasladarlas al resto de la sociedad. Hace una semana se celebró en el Kibbutz Ginnosar -a orillas del Lago de Tiberias- el aniversario de la fundación del museo en recuerdo a Ygal Alon –reconocido “kibbutznik”, militar y político- fecha en la que decenas de jóvenes de todo el territorio acuden con sus camisas azules para debatir fervientemente sobre asuntos de vital importancia del país, como el futuro de los Kibbutzim o las Fuerzas Armadas, entre otros. Según Tsur, que mantiene un estrecho vínculo con las nuevas generaciones, este ejemplo supone una evidencia de que siguen existiendo idealistas como los de antaño y, gracias a ellos, el Movimiento Kibbutziano, con más de cien años de historia a sus espaldas, seguirá existiendo pese a todas las dificultades vividas.

Vista aérea de las escasas industrias que se mantienen en el Kibbutz Ha'Hoterim. Foto: Oliver de Ros